martes, 12 de noviembre de 2013

Crónica. Capítulo 5: Australia. Sesión 1: Sidney y Darwin



Resumen de los acontecimientos anteriores: Tras frustrar los planes de la Secta de la Lengua Sangrienta al volar por los aires la cima del Monte Kenia junto con la cúpula de la secta y el propio avatar de Nyarlathotep, los investigadores supervivientes se dirigen a Australia, siguiendo las escasas pistas que pudieron encontrar sobre el continente en Nueva York y Londres.

Personajes:

  • Owen Rivers: un experimentado detective privado de la Agencia Continental. Fue contratado en Nueva York por la Fundación Jackson-Walker y está dispuesto a llegar hasta el fondo de este caso cueste lo que cueste. Los horrores recientemente contemplados en Kenia han hecho mella en su cordura, pero no en su determinación.
  • Rita Harrington/Krueger: esta misteriosa, implacable y letal actriz alemana se unió al grupo en Londres para investigar y vengar la muerte de su marido, una de las víctimas de los asesinatos egipcios. A pesar de que su técnica interpretativa a menudo no resulta todo lo convincente que sería deseable, ha sido entrenada en algún tipo de arte marcial milenario del lejano oriente, y sus temibles patadas ya han acabado con la vida de más de un sectario.
  • Michael Bishop: habiendo quedado su avión reducido a chatarra, este piloto y cazador británico decidió acompañar a sus clientes a África para buscar algún negocio que le permitiera salir adelante. Desde su primera semana en Kenia, lleva gafas de sol todo el tiempo y a menudo desaparece misteriosamente en medio de la noche, pero ha demostrado su férrea lealtad al grupo en cada ocasión que ha tenido.
  • Doctor Hershel Layton: un adinerado profesor de Yale de origen británico, amigo personal del Dr. Jackson-Walker.
  • Coronel Charles J. Willis: un oficial retirado del ejército americano, unido también por lazos de amistad al Dr. Jackson-Walker.
  • Caroline Fern: psicóloga y estudiosa de lo paranormal ("parapsicóloga", como le gusta definirse a ella), hija de un viejo amigo del Dr. Jackson-Walker desaparecido hace años.

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Martes, 9 de junio de 1925 (Sidney)

Sehr geherte Herr Dr. Wiesel,

Los viajes en barco ya no son lo que eran, desde que descubrí todo lo que realmente nos rodea, y vi morir a tanta gente de formas horribles… Me pregunto si todos esos seres horribles no habrán encontrado también un hueco en lo profundo de los océanos, y esperan allí para alzarse y tragarse la civilización humana, tan avanzada como la creemos. A veces creo que ni siquiera la disciplina que caracteriza a nuestra raza podrá salvarme de la locura a la que mis compañeros anglosajones parecen haber sucumbido ya: he oído al inglés gritar en sueños en su camarote durante casi toda nuestra travesía, y el americano padece ataques de pánico cada vez que sale de él.

Sea como sea, tras hacer escala en Darwin, el pasado domingo llegamos multitudinario puerto de Sidney, en Australia, a la caza de la enésima secta, en esta ocasión unos chalados adoradores de murciélagos en lo profundo del desierto australiano. Tanto calor no les ha debido sentar nada bien, aunque quizá seamos nosotros, los civilizados occidentales, los que vivimos en la inopia. Allí nos han localizado tres nuevos miembros, enviados desde América por la Fundación Jackson-Walker. El Coronel Charles Willis, al parecer un reputado militar de esa nación todavía en pañales; la joven y poco agraciada señorita Caroline Fern, especialista en psicología y que gusta de referirse a si misma como Doctora, a pesar de que claramente carece de tal distinción, y un afamado arqueólogo inglés, Herschel Layton. No me gustaría menospreciar a estos nuevos “compañeros”, pero me parece que estarían mejor resolviendo crucigramas en un pueblo de la campiña inglesa, que en medio del desierto cazando sectarios y quién sabe qué más…


Casi sin tiempo para descansar hemos acudido a la universidad en busca del Doctor Anthony Cowles, quien al parecer dio una charla a principios de año en Estados Unidos a raíz de la cual hemos acabado en este lugar inhóspito y lleno de delincuentes. Al menos hemos dejado atrás a esos árabes de tez cetrina y mirada suspicaz.

El Doctor Cowles no se encontraba en su despacho, parece que todavía no ha regresado de los Estados Unidos. Nos han dado el teléfono de su asistente, el Doctor David Dodge, que se encarga de sus asuntos durante su ausencia. Con un poco de suerte, sabrá algo de esa secta que se esconde en el desierto y nos podrá orientar.

El lunes quedamos con el Doctor Dodge, que al parece ha tenido un efecto de lo más interesante en la señorita Fern, que se comporta como una gata en celo cuando está delante del joven Doctor. Una gata escuchimizada y despeinada, eso sí. Disculpe, Herr Doktor, mi mente discurre últimamente por unos derroteros nada directos, esta investigación está afectando a mis nervios. 

Incluyo una fotografía del Doctor Dodge extraída de un anuario de su universidad

Como le decía, el Doctor Dodge nos recibió en el despacho del Dr. Cowles. Al contarle lo que sabíamos sobre la secta del Padre de todos los Murciélagos, también conocido como el Murciélago de Arena, nos miraba como si fuéramos unos locos; está claro que el Dr. Cowles no confía en su asistente tanto como éste desearía. Eso sí, las historias sobre una ciudad olvidada en medio del desierto profundo ha despertado su interés, y nos ha permitido revisar el despacho de su mentor, sin muchos miramientos, y también nos ha facilitado el acceso a la biblioteca. En el despacho hemos encontrado un pequeño diario, manuscrito, de un tal Doctor McWhirr, un explorador australiano que en 1921, siguiendo algún tipo de leyenda local y los apuntes de un topógrafo de nombre misterioso (tan sólo hemos encontrado la inicial de su apellido, “L”), se adentró en el desierto australiano en busca de una ciudad misteriosa, partiendo del pueblucho de Cuncudgerie. Según lo que hemos averiguado, tras varios días en el desierto, en los que murieron varios miembros de la expedición de forma misteriosa, como si les hubieran disparado un chorro de arena (ya empiezo a temer a lo que nos enfrentaremos, y todavía no hemos salido hacía allá), llegaron a un punto entre el Manantial de Joanna y el Pozo de la Separación. En medio de la nada, lo que sorprende y mucho al Doctor Dodge, encontraron los restos de una ciudad de al menos diez mil años de antigüedad. Yo pensaba que en aquella época aquí no habría más que bárbaros en taparrabos y serpientes venenosas, pero parece ser que no podemos fiarnos de las ideas que nos han inculcado nuestros mayores.

Sea como fuere, el Doctor McWhirr regresó a la civilización tras sufrir numerosos ataques de los aborígenes (a los que llama despectivamente “kooríes”); si un pobre australiano logró sobrevivir, empiezo a pensar que no todo será tan difícil esta vez.

Tras el curioso descubrimiento, pedimos al Doctor Dodge permiso para proseguir nuestra investigación en la casa del Doctor Cowles, mientras la señorita Fern permanecía atrás (pobre, pude ver la tristeza en su cara cuando le dijimos que no venía a la casa con nosotros) para investigar en la biblioteca de la Universidad. Lo cierto es que la joven podrá no ser muy agraciada, pero ha resultado ser un ratón de biblioteca de lo más activo, y consiguió encontrar numerosas referencias a las leyendas locales sobre el Murciélago de Arena (según Bishop, el árabe loco que escribió ese libro que lleva a todas partes lo identifica como otro avatar de ese gran mal llamado Nyarlathotep). Al parecer, esa criatura y otra deidad local, la Serpiente del Arcoiris, una criatura del agua, son enemigos acérrimos, y provienen de algo llamado la Era de los Sueños. Al Murciélago de Arena se le define como un horror surgido del tiempo y que surge de una cueva del cielo en forma de tormenta de arena. Es una criatura de oscuridad a la que daña la luz y que permite a sus seguidores “ver en la oscuridad sin ver”, algo conocido como la “visión que no es visión”. Gott mit uns! Espero que no nos encontremos ahora con locos sin ojos armados con palos, tiene que haber un límite a la locura que nos rodea…

Al parecer, el Murciélago de Arena aparece en las leyendas de varias tribus aborígenes. Los Gadjujara le conocen como Ala Oscura, y los Bindubi como Comedor de Caras, nombres halagüeños... Ambas tribus adoran a la Serpiente Arcoiris, por lo que son enemigo jurado de los seguidores del Murciélago de Arena, que aunque desaparecieron hace siglos eran conocidos por realizar sacrificios humanos armados con unos garrotes repletos de dientes de murciélago untados con veneno de serpiente. La señorita Fern dijo que en algunos libros se decía que estaban untados de bonobos, pero eso me parece ya demasiado extraño, espero no tener que luchar con un montón de monos armados con garrotes...

En la casa del Doctor Cowles, tras poner patas arriba media vivienda localizamos la carta que acompañaba al diario de McWhirr, enviada por un ingeniero de Port Hedland llamado Robert B. McKenzie, al parecer amigo de Cowles y Dodge. Habla de una serie de fotos, pero Cowles debió llevárselas a los Estados Unidos, porque no hay ni rastro de ellas. La señorita Fern se nos unió en la casa, pero ya era tarde y no pudo disfrutar de la compañía del joven Dodge, aunque no dejaba de insinuarse. En ocasiones me recuerda a mí misma de joven, esa insistencia me granjeó grandes amistades… claro que en mi caso la insistencia y la facilidad para convencer al sexo opuesto van de la mano con una gran belleza, si se me permite la falta de humildad.

El 9 de junio volvimos a ver al Doctor Dodge para confirmarle nuestra intención de seguir lo pasos de McWhirr y adentrarnos en el desierto en busca de la ciudad fantasma. Pobre de él, cuando descubra que, ciudad o no, lo que nos espera en el desierto es con toda probabilidad letal. El 24 de junio nos veremos en Port Hedland, y de allí al interior.

Cerrado ese tema, Rivers y el Coronel Willis se acercaron a la hemeroteca. El Profesor Layton, la joven Fern y yo misma decidimos investigar el Museo Australiano, donde merced al buen nombre del Doctor Layton nos recibió el propio Director del Museo, el Doctor Bruce Morrison. Curiosamente, sacamos la misma información tanto de la hemeroteca como del Museo Australiano: el señor McWhirr murió en 1922, semanas antes de presentar en sociedad sus descubrimientos. Al parecer los buitres de la comunidad científica tardaron poco en lanzarse sobre su cadáver y desprestigiar su investigación (aunque el prestigio de un maleante australiano no debía ser muy alto para empezar), y por ello apenas ha llegado al gran público occidental alguna noticia sobre lo que esconde el gran desierto australiano. Lo único que sacamos en claro es que los adoradores del Murciélago de Arena utilizan una marca peculiar, que intentaré reproducir:



El Doctor Morrison también nos indicó un nuevo lugar donde proseguir nuestra investigación, la Galería Nacional de Arte. Aunque en su momento me sonó extraño, puesto que la Pinacoteca de un lugar como Sidney dudaba mucho que guardara grandes obras, lo cierto es que me equivocaba, o al menos parcialmente. Efectivamente, como pinacoteca es paupérrima (no le recomiendo a un hombre de su gusto y buen hacer visitarla, desde luego) pero lo cierto es que contaban con una muestra de arte aborigen de lo más interesante. Tras un pequeño desliz (he de decir que no es mi culpa que esos anglosajones utilicen palabras tan complicadas, si se expresaran en una lengua más sencilla, como nuestro amado alemán, no habría tenido que preguntar por un hombre recientemente fallecido) el Coronel Willis consiguió que nos enseñaran la muestra, y entre numerosos grabados primitivos encontramos uno que representaba un sacrificio realizado por seguidores del Padre de todos los Murciélagos; mejor aún, junto al símbolo que ya conocíamos, encontramos una segunda marca distintiva, alguna clase de espiral. Supongo que encontraremos alguna utilidad a todas estas pistas en algún momento, aunque no creo que estos sectarios locos vayan por ahí dibujando su símbolo en las paredes…

Dentro de dos días partimos de nuevo hacia Darwin, antes de dirigirnos hacia Port Hedland al encuentro del Dr. Dodge. Al parecer el difunto Rupert y el detective Rivers descubrieron en la Fundación Penhew registros de envíos realizados desde un almacén en Darwin, y nos gustaría saber qué más pueden tener ahí dentro. Le informaré una vez lleguemos allí.


Mit freundlichen Grüßen,

Maria Fredersen

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Miércoles, 16 junio 1925 (Darwin)

Mein Gott, Herr Dr. Wiesel, no creerá lo que tengo que decirle. Por fin he terminado de comprender lo que dice ese libro terrible, terribilísimo, que mis compañeros tuvieron la decencia de dejarme leer (quizá ayudase el que sea la única persona del grupo con mínimos conocimientos de francés, pero aún así), y lo que he descubierto puede suponer un cambio de rumbo para nuestro futuro, el suyo, el mío, el de la gran nación germana…

Ahora no puedo entretenerme demasiado, pero en estas páginas hay hechizos, ¡hechizos! Magia negra, de una época anterior a Thule, Hyboria y otras leyendas de nuestros padres teutones, cuando los hombres eran niños sobre la faz de la tierra y otras criaturas, terribles y poderosas, se cernían sobre nosotros. Le recomiendo que busque un libro, el Liber Ivonis en su original latino, o Livre d’Ivon, en francés; lo que allí encontrará sin duda le hará descubrir una nueva visión de nuestro pasado, y abrirá el camino a un brillante futuro… Yo haré lo posible por transcribir los fragmentos que llevo encima, para poder compartirlos con usted.

Me desvío, disculpe. Ayer por la mañana llegamos a Darwin, y no bien habíamos encontrado un hotel, decidimos acercarnos al puerto para curiosear el almacén del que habían partido los envíos hacia Londres. Ésta es una ciudad multitudinaria, pese a su tamaño, y gran parte de su masa humana se concentra en el puerto, por lo que a la luz del día no nos atrevimos a acercarnos demasiado; para ser un lugar desde el que salen terribles envíos a medio mundo, en todo caso, esperaba algo más del local, y no un mero muelle de carga con madera medio podrida…

Por la noche el buen Bishop, el Coronel Willis y yo misma decidimos acercarnos de nuevo, y viendo la oportunidad, pues no había ni un alma a la vista, decidimos acercarnos directamente por la dársena, evitando las luces de la calle. A primera vista parecía desierto, y numerosas cajas aguardaban a ser cargadas en los barcos que las llevarían al otro lado del globo. Nos adentramos en la construcción tras un breve forcejeo con la puerta, para encontrar una nave repleta de cajas. Al principio desesperamos, pensando que no encontraríamos nada entre tanta mercancía, pero afortunadamente había un libro registro no demasiado bien guardado en un cajón de la única mesa a la vista. A veces creo que Dios quiere que llevemos nuestra odisea a buen puerto, y otras… creo que otras veces tengo que admitir que si hay algún Dios, probablemente sea una criatura horrible y blasfema que quiere acabar con toda la vida en la tierra.

El libro registro estaba repleto de albaranes de entrega, y rápidamente descubrí que varios envíos estaban marcados con el símbolo del Murciélago: envíos a Importaciones Fong en Shanghai, a la Fundación Penhew en Londres, y curiosamente, envíos a un tal “Mortimer Wycroft” de Cuncudgerie. Al parecer esos envíos se cobran al doble de la tarifa habitual, así que puede imaginarse que esas cajas no albergan nada bueno. Varios envíos todavía se encontraban en el almacén, según los albaranes, así que nos dispusimos a encontrarlos, cuando un grupo de borrachos hizo acto de presencia. El alcohol embotaba sus sentidos, sin embargo, así que logramos escondernos mientras rebuscaban entre las cajas y rapiñaban unas cajas de whisky barato. Benditos borrachos, he de decir…

Tras un breve registro, y con los borrachos ya a una buena distancia, Bishop encontró una caja dirigida a Shanghai, que contenía un extraño artefacto (algo que Bishop llamó un “aparato de inspección cercana yithiano”, sea lo que sea eso) junto con una carta firmada por un tal “R.H.” Son unas iniciales que me llaman la atención, pero no consigo relacionarlas… También descubrimos una caja dirigida a la fundación Penhew, por desgracia; por desgracia, digo, porque contenía una talla repugnante, una imagen traída de un infierno fuera del alcance de la imaginación de los buenos cristianos, nacida de los sueños de un loco indigente mental… Con la cordura embotada por tan asquerosa imagen, decidimos que sólo hay una clase de sectario bueno: el sectario muerto, o en su defecto, el sectario arruinado, así que decidimos poner fin a aquella operación que distribuía por mercados de todo el mundo esa mercancía infernal. 

Adjunto una instantánea del artefacto encontrado por Bishop
Con las llamas lamiendo las paredes del almacén y alzándose hacia el cielo, casi pudimos sentir un peso dejar nuestros corazones. A veces la justicia prevalece, y las malas acciones tienen su castigo. El extraño ídolo vino con nosotros, para ser objeto de una venganza algo más particular. Tras varios minutos de golpes, la figura yacía desfigurada y astillada a nuestros pies, presta para ser pasto de las llamas, aunque esperaremos a mañana. Primero, que los servidores de Nyarlathotep y sus mil caras sepan lo que les espera; ya habrá tiempo para hacer arder sus asquerosos ídolos.

En todo caso, no nos queda mucho tiempo en Darwin. En unos días, nos dirigiremos a Port Hedland, para desde allí dirigirnos al interior, hacia Cuncudgerie y lo que quiera que esconda el desierto australiano.

Cada vez veo más lejano el día en que regrese a un lugar tranquilo y cuerdo, si es que quedan tales lugares en este mundo. Si no regreso, espero que mis escritos le ayuden a usted y a nuestra querida tierra a encontrar para la humanidad un futuro en el que no tengamos que retroceder aterrorizados ante los terribles secretos que esconde la oscuridad.

Mit freundlichen Grüßen,

Maria Fredersen

jueves, 7 de noviembre de 2013

¡Ajiojio!


Una tontunada que me ha hecho gracia.

 

Y ya está, ésa era la entrada.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Crónica: Capítulo: Kenia. Sesión 4: En el Monte del Viento Negro



Anteriormente: Tras descubrir que el Monte del Viento Negro no es sino otro nombre para el Monte Kenia, y tras recibir la ayuda del Gran Bundari, los investigadores han organizado una expedición hacia el Monte Kenia, conociendo la existencia de un gran culto y un peligroso ritual estaba a punto de comenzar. Sus vidas estarían en más peligro que nunca, pero el mal debía ser parado.

Carta del detective Owen Rivers a la oficina de Nueva York de la Agencia Continental:

La subida a la cima del Monte Kenia fue uno de los momentos más aterradores en todo el tiempo que llevo en este caso. En el campamento, estábamos rodeados de una multitud de sectarios, nos habían aceptado, pero no sabíamos cuánto podíamos esperar hasta que aparecieran otros sectarios que se dieran cuenta de nuestros disfraces. No podíamos esperar mucho tiempo y no teníamos un plan definido, sólo que había que evitar un ritual, y no conocíamos qué podría esperarnos ahí arriba. Muchas dudas surgieron, sobre todo para el señor Bishop, quien mostró su disposición a huir en más de una ocasión. Decidí coger la mayor parte de la dinamita, ya que los demás estaban demasiado impactados y atemorizados para llevarla y seguramente también para usarla.

McGulligan sugirió liberar a esos “zombis” (así habían llamado los sectarios), los cadáveres andantes contra los que nos habían prevenido nuestros anfitriones. No tardé en darme cuenta de que el reportero estaba en un error; los zombis estaban sueltos y nos rodeaban, eran la mayoría de los guardias del campamento. Sin comentar ese detalle a los demás miembros de la expedición, les urgí a subir lo antes posible.

Después de subir por un estrecho desfiladero, conseguimos llegar hasta la cueva e incluso no llamar la atención. La entrada de la cueva estaba llena de los restos humanos de una gran cantidad de gente que habría sido sacrificada al dios oscuro al que servían. Dentro de ella sólo se oían sollozos y cuando McGulligan y yo nos decidimos a entrar en la cueva sigilosamente encontramos una habitación apenas iluminada por unas antorchas en la que un par de zombis vigilaban la puerta de una celda. Estaban muy quietos. Sin alertarles, encontramos un trono extraño con un panel detrás del mismo, así como unas lanzas en la parte lejana de la cueva; no parecía tener salida.

Cuando fui a alertar al resto de miembros de la expedición de la presencia de los zombies, McGulligan se las arregló para hacer que esas criaturas se despertaran y vinieran hacia nosotros. Se había acabado el tiempo del sigilo y comenzaron los disparos, conseguimos abatir a las criaturas mientras que en el campamento parecían todo bastante tranquilo. En la celda había muchos hombres, mujeres y niños, la mayoría tenía pinta de ser de las aldeas cercanas y habían sido secuestrados. Empezaron a hablar y gritar, McGulligan, que sabía hablar su idioma pareció tranquilizarles cuando un sonido sonó a mis espaldas.

La señorita Rita había encontrado algo en el panel y había abierto un pasadizo. Me acerqué a ver qué es lo que encontrabamos mientras McGulligan liberaba a los aldeanos. Sin apenas tiempo para prepararnos, un montón de sectarios fornidos nos atacaron, entre Rita y yo conseguimos abatir a uno antes de ser derribados y heridos al encontrarnos en clara inferioridad numérica. Cuando desperté, tras los primeros auxilios del doctor,  me informaron que Bishop, el profesor Fowley, Van Heuvelen y McGulligan habían conseguido acabar con unos cinco sectarios más, pero también habían recibido la ayuda de los aldeanos, que a pesar de llevar mucho tiempo encerrados no dudaron en coger las lanzas y ayudarnos. Abajo en el campamento podía verse una gran actividad, sin duda ahora nos habían visto.

Tras indicar a los salvajes que defendieran la puerta de la cueva, y darles indicaciones para volar con dinamita la subida a la misma en caso de verse superados decidimos adentrarnos por el pasillo que habíamos descubierto. Después de un camino de casi medio kilómetro encontramos el final del pasillo. Una sala mal iluminada y con grandes columnas se presentaba ante nosotros. McGulligan se adelantó despreocupadamente, en lo que demostró ser un error fatal. Un sectario enorme surgió de detrás de una de las columnas y le asestó un golpe mortal en la cabeza. El sectario murió por nuestros disparos pero dos más surgieron no muy lejos de ahí.  Conseguimos acabar con varios de ellos, pero no antes de que Van Heuvelen fuera atravesado por una lanza enorme. Los dos miembros más recientes de nuestra expedición fueron los primeros en caer.

La hermosa y malvada sacerdotisa M'Weru

En el centro del patio de las columnas podía verse a una Hypatia Masters completamente deformada, su torso convertido en una masa hinchada y amorfa. Esa loca que balbuceaba que su hijo sería un dios, parecía orgullosa de estar a punto de acabar con nuestro mundo -aquella horrible visión hizo que algo se rompiera en lo más profundo de mi mente, y me pregunto si algún día seré capaz de conciliar el sueño, o siquiera cerrar los ojos, sin que me atormente la visión ese obsceno y antinatural embarazo-. Oíamos a M’weru recitar algo que sin duda sería peligroso. Estaba dispuesto a acabar con ella a tiros, tal y como hice con Gavigan, sin embargo, en la tensión del momento olvidé llevar los utensilios que deberían protegerme contra hechizos. En cuanto me adelante y me vio, me lanzó un conjuro. Noté una dolorosa sensación de abrasión en la piel; sin embargo, su conjuró debió de fallar, pues no tuvo más efecto que ése. Mientras pasaba eso, el Doctor Fowley decidió acercarse a Hypatia y le pegó un tiro en la cabeza. Sin duda era el final que se merecía pero algo debió de salir mal. Mientras me escondía de la bruja y preparaba la dinamita que llevaba encima grité a todos mis compañeros que salieran corriendo de allí lo máximo posible. Eso les salvó de ver el mayor horror de los que he visto hasta ahora. El Dios de la lengua ensangrentada estaba delante de mí, y se abalanzó mientras pasaba por encima de la difunta Hypatia. Apenas me dió tiempo a encender la dinamita y esquivar algo que me lanzó esa criatura cuando decidí salir corriendo. Detrás de mí pude oír a aquella gigantesca criatura intentando salir y abrirse hueco por un pasillo por el que, gracias a dios, no cabía.

El monstruoso dios de la Lengua Sangrienta

La explosión debió de ser espectacular. Multitud de piedras cayeron encima nuestro mientras salíamos, algunas me dejaron más maltrecho de lo que estaba, pero peor parados acabaron mis compañeros. Rita cayó inconsciente, y creo que sólo la velocidad de Bishop en curarla la consiguió salvar, aunque ella siguió inconsciente. El pobre Doctor Fowley no fue tan afortunado: una roca gigantesca le aplastó delante de mis narices. No había forma de salvarle.

Arrastrando el cuerpo de Rita entre Bishop y yo llegamos a la salida de la cueva. Los aldeanos habían mantenido una lucha encarnizada y habían conseguido acabar con una gran cantidad de sectarios y zombies, sin embargo, la mayoría de los defensores habían muerto, y habían tenido que volar el acceso para no verse arrollados. Los sectarios estaban huyendo de la planicie tras ver la explosión, sin embargo las dos criaturas voladoras que lo vigilaban seguían ahí, dispuestas a acabar con nosotros. Bishop demostró una pericia única con su rifle y acabó con ellas antes de que nos alcanzaran.

La vuelta a Nairobi fue bastante penosa. Estábamos heridos, llevando como podíamos a Rita y no había quedado ninguna provisión de las que dejáramos en el campamento, ya que lógicamente había sido saqueado y destrozado. Los aldeanos nos ayudaron a volver primero a una aldea y después hasta Nairobi.

Vamos a tener que pasar varias semanas hospitalizados para recuperarnos de nuestras heridas antes de continuar nuestro viaje a Australia (y no me avergüenza admitir que también estamos recibiedo la ayuda de un poderoso curandero local, puesto que he comprobado que la magia es algo muy real), pero todos tenemos la sensación de haber acabado con un gran mal y esperamos que lo que nos aguarda sea menos peligroso que lo aquí presenciado.

PD: He escrito también un telegrama al Dr. Jackson-Walker resumiéndole estos hechos. Espero que él o ustedes puedan enviarnos ayuda, puesto que sin duda la vamos a necesitar.


Agente Owen Rivers, a 10 de mayo de 1925, en Nairobi, Kenia.