Mañana del lunes 19 de enero de
1925, Nueva York.
Con Steven “Bull” Connor
corriendo desquiciado por las calles de Harlem, y el detective Rivers y el
doctor Fowley en el coche, el joven Matthew Jackson-Walker esperó en la Casa
del Ju-Ju la aparición de la policía, a la que habían avisado como buenos
ciudadanos que eran. Mientras echaba constantes miradas al interior de la
tienda, temiendo lo que podía surgir de aquel maldito sótano, el filántropo no
podía dejar de pensar en el terrible rostro que comenzaba a mostrar la aventura
que originalmente había pensado que sería una agradable visita cultural a
algunas de las maravillas del mundo antiguo. A pesar de la ruptura con su
tranquila existencia anterior, el joven filántropo decide que todo lo que están
descubriendo él y sus compañeros es de una importancia extrema para el mundo
entero, y debe continuar en el camino dispuesto ante él, reforzada su fuerza de
voluntad por el firme convencimiento de que está ante la aventura de su vida.
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La policía hace acto de presencia |
Cuando al fin llegó el primer
coche patrulla, Matthew puso a los agentes al día de lo sucedido, omitiendo los
aspectos más rocambolescos, a pesar de lo cual los agentes no pudieron evitar
cruzar una mirada de incredulidad. Preguntado por el dueño de la tienda, el
joven sólo puede dar vagas indicaciones de lo sucedido, como tras varias
conversaciones Silas N’Kwane le invitó al sótano de su tienda, y como una vez
allí varios hombres, aparentemente afectados por algún tipo de rabia, se les
echaron encima y se hicieron con el desdichado Silas antes de que Matthew les
derribara a tiros. Los agentes, poco satisfechos con las explicaciones,
decidieron echar un vistazo… una decisión letal, puesto que fuera lo que fuese
que había en el pozo que Steven Connor había destapado, seguía allí abajo con
sus ansias homicidas intactas. Con un policía muerto y otro gravemente
afectado, nuevos refuerzos hicieron su aparición y Matthew fue escoltado a la
comisaría del distrito.
Allí no sólo se le requisó el
arma, sino que mantuvo una nueva conversación con el detective Poole, encargado
de investigar la muerte del señor Elías. Éste le informó de que la
investigación no avanzaba demasiado rápido, pero que el señor Jonas Kensington,
editor de Jackson Elías, había aportado interesantes notas manuscritas y
recortes de periódico del señor Elías, que esperaba pudieran arrojar algo de
luz sobre la investigación. Ante el interés mostrado por el joven, y teniendo
en cuenta la ayuda aportada con anterioridad, el detective se compromete a
informarle en cuanto la policía haya terminado con los documentos, para que
pueda echarles un vistazo.
Mientras tanto, a media ciudad de
distancia, Alfred O’Sullivan, el escritor en ciernes, se dirige a la casa del
Doctor Mordekai Lemming, montado en su fiel bicicleta. Al llegar al edificio de
apartamentos, descubre preocupado que no responde nadie al telefonillo, a pesar
de que el portero le ha informado de que el Doctor no ha abandonado el
edificio. Tras esperar un rato a la intemperie, y a base de fuerza de voluntad,
consigue contactar con el excéntrico Doctor, que le invita a pasar a su casa,
un espacio pequeño y repleto de libros de todos los temas imaginables,
fundamentalmente relacionados con la antropología. La charla deja al joven
confundido; contaba con encontrarse con una autoridad en materia de sectas
africanas que le ayudara a profundizar en los conocimientos adquiridos, y sin
embargo se encuentra con callejones sin salida y referencias sin interés. Así y
todo, consigue descubrir que la etnia Nandi, responsables de la muerte de
Jackson Elías, tienen relación con otra etnia keniata, los Kikuyu, y que
cuentan con una religión animista con deidades que se repiten, en una forma u
otra, a lo largo y ancho del África subsahariana, principalmente
Nyambé/Mulungu, una suerte de dios supremo.
Con tan escaso bagaje bajo el
brazo, Alfred se dirige a la casa del Matthew Jackson-Walker, donde se reúne de
nuevo todo el equipo, excepto el enloquecido Steven Connor, que se encuentra
hospitalizado en espera de que termine el brote psicótico que le indujo lo
sucedido en el sótano de la Casa del Ju-Ju. La doctora Zimmerman relató su
encuentro con el profesor Cowles y los interesantes hallazgos sobre sectas
africanas, así como la posible conexión australiana, y escuchó con horror el
relato de lo acaecido en el sótano maldito, mientras el grupo trazaba planes
para continuar la investigación. Owen Rivers y el doctor Fowley presentan los
objetos que pudieron rescatar de la cámara bajo la Casa del Ju-Ju, que parecen
abrir más incógnitas de las que cierran: un cetro con extrañas runas, que el
joven Alfred reconoce como escritura swahili; una placas con extrañas runas,
que nadie parece poder desentrañar; una capa de plumas; unas garras de tigre,
que pueden acoplarse a una muñeca humana, en las que el detective Rivers
descubre para horror de todos restos de sangre, aparentemente humana; un cuenco
con runas y signos de origen desconocido; y una extraña máscara, tallada
también con distintas runas, y en la que aparecen representadas cuatro
criaturas de formas extrañas: una serie de esferas flotando en el aire, dos
seres sin una forma clara, y un hombre barbudo cuyas facciones resultan
irreconocibles.
Decidido a continuar con la
investigación empezada por su amigo Jackson Elías, Matthew toma una decisión:
el grupo debe dirigirse a Londres, siguiendo los pasos de la expedición Carlyle
y de la investigación de Elías. Así pues, reserva billetes para todos en el
primer transatlántico que realizará la ruta Nueva York-South Hampton después
del juicio de Owen Rivers, que resulta ser el propio Mauritania que llevó al
difunto Elías de vuelta a Estados Unidos. Aunque el barco no partirá hasta el día 20 de febrero,
los próximos días son de un trajín excepcional, puesto que todavía queda mucho
por hacer antes de partir mientras los compañeros tratan de atar todos los
cabos posibles y descubrir todo lo posible sobre Elías, la expedición Carlyle y
las misteriosas sectas africanas que parecen estar detrás de todos los
terribles acontecimientos vividos.
En primer lugar, Alfred va a
visitar al editor de Jackson Elías, Jonah Kensington, quien le dice que ya ha
facilitado a la policía una carta que el periodista le había enviado desde
China y unas notas que le había enviado desde Nairobi. Alfred le acaba
sonsacando que tiene un segundo juego de notas, enviado desde Londres, pero que
es reticente a mostrarlo debido a lo incoherente e inconexo de las mismas,
puesto que teme que manchen la memoria de su amigo y escritor. Afortunadamente,
Alfred le persuade de que le deje echarles un vistazo argumentando que es la
mejor forma de detener a los asesinos de Elías. Además, Kensington facilita al
joven escritor los nombres de dos contactos londinenses de Jackson Elias: el
periodista Mickey Mahoney y el Inspector James Barrington, de Scotland Yard.
Rivers y Mathew vuelven a visitar
al detective Poole y le convencen para que éste les muestre las notas que le
diera Kensington.
Rivers habla con su agencia para
que envíen a otro detective a buscar a Mukunga en Harlem, pero éste desaparece.
El día anterior a su desaparición había dicho en la agencia que iba a ir a
investigar a un antro conocido como el bar de Mabel la Gorda, por los
investigadores deciden que harán una visita al local.
Mientras tanto, el joven Alfred
visita la Universidad de Nueva York para hablar con el profesor Patrick Dowle
III, experto en filología africana, quien le desvela que las letras del cetro
que encontraron dicen “Nyambe, tu poder es mío”; y la Doctora Zimmerman busca
sin éxito nuevas pistas en la biblioteca.
En el bar de Mabel la Gorda nadie
quiere hablar del detective desaparecido, pero finalmente el Dr. Fowley
consigue que la propietaria le pase discretamente la dirección de Mukunga (en
la Calle 129, East Side) en un posavasos, aunque el psiquiatra comete la
temeridad de dejarle una tarjeta de visita.
Alfred y la Dra. Zimmerman
visitan la biblioteca de la Universidad Miskatonic y consultan al profesor
Jonathan Harris, encontrando oscuras informaciones sobre tres sociedades
secretas egipcias: la Hermandad del Faraón Negro, los Hijos de la Esfinge y los
Hijos de los Mamelucos. Las dos primeras son dos sectas relacionadas, aunque la
segunda parece haber desaparecido hace mucho tiempo. La tercera parece ser un
grupo secreto dedicado a combatir a estas sectas y a encontrar y destruir
libros malditos.
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Dos estudiantes consultan los archivos de la Universidad Miskatonic |
Tras varias llamadas telefónicas,
Matthew consigue concertar una cita con Erica Carlyle, la hermana del
desaparecido Roger Carlyle, a través de su abogado, Bradley Grey. Todos los
investigadores se presentan en la Mansión Carlyle, pero la anfitriona sólo
acepta recibir al joven diletante, quien no consigue persuadirla de que les
ayude en la investigación. Erica parece querer dejar atrás todo lo relacionado
con la muerte de su hermano y niega estar en posesión de ningún libro de
ocultismo, tal y como afirman las notas de Jackson Elias.
Los investigadores vuelven a
Nueva York sin saber muy bien cuál será su siguiente paso. Aburrido en su
propia mansión, Matthew decide echar un vistazo a los objetos que encontraron
en el sótano de la Casa del Ju-Ju y juguetar con ellos. Le parece una idea
divertida ponerse la máscara, pero para su sorpresa, ésta se adhiere a su cara
y no se la puede quitar. Tras unos segundos de forcejeo, Mathew tiene una
visión: se trata de una entidad de inmenso poder, un dios cuya mera existencia
atenta contra la cordura y la realidad misma. Un ser aparentemente compuesto
por esferas flotantes, puesto que la forma carece de sentido en el lugar de
donde viene. Enfrentado a tan inaprehensible horror, Matthew enloquece.
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Aberración incognoscible |