Para acabar el primer capítulo, tenemos una crónica de lujo, escrita por la pluma del joven Alfred O'Sullivan (Willy). ¡Gracias!
NUBES DE TORMENTA SOBRE NUEVA YORK (Capítulo Final)
Resumen de lo publicado: los Magníficos Jackson-Walker’s, un
extraño grupo de expertos unido por el interés del joven filántropo Matthew
Jackson-Walker, se encuentran de bruces con el asesinato del autor Jackson
Elías, quien investigaba la desaparición de la Expedición Carlyle.
Preocupados por los indicios descubiertos en la habitación del señor Elías,
comienzan a investigar la procedencia de varias sectas africanas y su arraigo
en los Estados Unidos. Tras una visita a la casa del Juju, descubren oscuros
secretos que ni siquiera los más sabios doctores conocen, y que desquician al
aguerrido Steven Connor. Resueltos a profundizar en el misterio, los compañeros
contactan con el editor del Señor Elías y con la hermana del desaparecido y
presuntamente fallecido Roger Carlyle. De vuelta en su mansión, Matthew toma
una terrible decisión.
Noche del martes 27 de enero / Mañana del miércoles 28 de
enero
Las noches de invierno en Nueva York no están hechas para
hombres débiles, pero aquel 27 de enero la negrura envolvió no sólo el cielo de
la ciudad, sino los corazones de nuestros amigos. Los cuatro que seguían
cuerdos recibieron la terrible llamada en cuanto Rupert, mayordomo y hombre de
confianza de Matthew, hubo dispuesto todo lo necesario para el traslado del
joven al hospital más distinguido de la ciudad y avisado a su familia, y los
cuatro sintieron que con la cordura del hombre que les había unido en una misma
causa se apagaba también un alma fuerte y dispuesta a enfrentarse a la
oscuridad. La máscara, la mil veces maldita máscara, se encontró finalmente en
el patio, bajo la ventana de Matthew, donde la había arrojado en su locura;
aunque un nuevo temor asomaba en los corazones de todos, el Doctor Fowley
volvió a colocar la máscara junto al resto de objetos encontrados en la Casa del Juju, rezando, no
por primera, ni última vez, por no tener que usar ninguno de ellos.
No quedaba, pues, sino esperar al día siguiente y al primer
diagnóstico de los mejores médicos de la ciudad. Mientras Matthew recibía las
atenciones de los herederos de Esculapio, Steven “Bull” Connor, menos
afortunado y adinerado, se volvía agresivo; tal vez el atroz destino de su
recién conocido amigo le hubiera desestabilizado aún más, y en el interior de
su mente nuevas personalidades comenzaron a pugnar por el control de su cuerpo.
Con dos compañeros recluidos en instituciones psiquiátricas,
nuevos callejones sin salida y el descubrimiento de las terribles e insondables
profundidades de un misterio que se desvelaba peligroso para el cuerpo y la
mente, el Doctor Fowley y Rupert se dirigieron a visitar a los enfermos,
mientras los restantes Jackson-Walkers’ descansaban y se confortaban como mejor
podían. El diagnóstico inicial de Matthew Jackson-Walker, sin embargo, no
ofrecía paliativos: la mente parecía rasgada, incapaz de manejar el cuerpo
inane del otrora inquieto joven. Incluso los mejores pronósticos no podían
asegurar un restablecimiento, siquiera parcial, aunque la fortuna de la familia
Jackson-Walker sin duda facilitaría las cosas.
A pesar de las penosas noticias, el Doctor Jackson-Walker, padre de
Matthew, mostraba una especial resolución. De carácter fuerte y reservado,
aunque condescendiente con su hijo, no parecía acusar el golpe más que con una
determinación implacable, sorprendiendo a propios y extraños cuando hizo saber
a Rupert y al Doctor Fowley sus deseos: su amigo, y el confidente de su hijo,
debían hacer todo cuanto fuera posible para llevar ante la justicia divina a
los que habían dirigido a su hijo ante tan cruel destino. La Fundación Jackson-Walker
se haría cargo de la investigación, no por el capricho de un filántropo, sino
por el deseo de venganza de un padre. Rupert debía unirse a los recientemente
apodados Magníficos Jackson-Walkers’ y mantener informado en todo momento a la Fundación, y el buen
Doctor Fowley quedaba instituido como líder de la misma, en atención a la
amistad que le unía con el Doctor Jackson-Walker y su probada sabiduría.
Al fin aparecía un destello de esperanza en el corazón de
los compañeros, que recibieron la noticia de primera mano en la mansión de
Matthew, y pronto descubrieron que el apoyo de un hombre poderoso y decidido
puede abrir caminos que se consideran imposibles. Tras varios intentos
infructuosos, Bradley Grey, abogado de la señorita Erica Carlyle, les comunicó
que el interés del Doctor Jackson-Walker y las terribles noticias del destino
acaecido al joven Matthew habían hecho cambiar de opinión a su cliente, que
aceptaba volver a recibirles dos días después. De la misma forma, los contactos
del Doctor Fowley ayudan a obtener el alta de Steven Connor, siempre que el
buen Doctor asumiera su tratamiento y la responsabilidad por los actos que
pudiera cometer.
Las buenas noticias no paran de llegar, y el Detective Poole
telefoneó a la casa, esperando hablar con Matthew, aunque enterado de las
últimas novedades, no tardó en mostrar su pesar e informar al grupo de los
últimos avances de la policía metropolitana. ¡Mukunga había sido localizado!
Tras varios días de vigilancia, los hombres de Poole habían dado con el piso
que utiliza el supuesto sacerdote y sus sicarios, y estaban dispuestos para la
redada; aunque inicialmente reticente, Poole admite a los compañeros en el
grupo encargado del asalto al fortín de los sectarios, y el ánimo de los
aventureros se refuerza.
Con el sol comenzando ya a caer, y tras un día de éxitos, a
pesar de la tristeza, el Doctor Fowley consigue una entrevista con Steven
Connor, aunque se encuentra con un hombre muy distinto al aguerrido exsoldado.
Allan Shepard, profesor de filología, da la bienvenida al Doctor Fowley y le
pregunta por los motivos de su internamiento en una institución; para el
Doctor, sin embargo, el que habla es un desquiciado Connor, con un falso acento
bostoniano y la locura asomando a sus ojos. Tras una conversación que dura
varias horas, y con la ayuda de un antiguo camarada de “Bull” Connor, el Doctor
consigue que regrese a su ser, y firma los papeles necesarios para el alta de
su compañero, al que recluye en la mansión de Matthew Jackson-Walker, en la que
espera poder tratarle y recuperar a un buen hombre para la causa. Con Connor a
buen recaudo y rodeado de varios guardaespaldas, el grupo decide volver a sus
hogares, y prepararse para el enfrentamiento con Mukunga.
Jueves 29 de enero
Una vez reunidos en la mansión de Matthew, los
Jackson-Walker’s reciben la llamada que tanto deseaban: el detective Poole les
convoca en Harlem, para la redada que pondrá fin a la pesadilla. Un barrio
desierto les recibe; los policías no son bienvenidos, pero nadie quiere pelea.
La casa, vieja y sucia, no se distingue de las que la rodean más que por la
oscura presencia que parece rodearla, al menos a ojos de los investigadores.
Nerviosos, conocedores de lo que se encontró en la Casa del Juju y lo que puede
esconderse en el cuartel general de Mukunga, policías y civiles suben con
precaución, tramo tras tramo de escaleras, hasta llegar a la puerta del Tercero
D, piso franco de Mukunga. Tras varios intentos de llamar la atención de los
habitantes, la policía toma la decisión de entrar por la fuerza, y la puerta
del apartamento cae derribada, levantando una polvareda. Cuando el polvo se
aposenta, sin embargo, lejos de las terribles criaturas que todos pensaban
encontrar el grupo de asalto descubre… nada.
El piso aparece vacío casi por completo, tan solo un escaso
mobiliario y algunos utensilios de cocina adornan el desastrado lugar, y no se
escuchan ruidos ni señales de vida. Una segunda puerta, sin embargo, se
encuentra cerrada y ominosa, y hacia ella se dirigen los policías. Más allá, un
nuevo terror a añadir a lo ya vivido espera a los incautos, y un
estremecimiento recorre a Rivers cuando reconoce al hombre que encuentran,
desmadejado sobre una silla y visiblemente torturado hasta la muerte, como el
detective de la
Agencia Continental que había desaparecido días atrás mientras
investigaba a Mukunga. Aparece rodeado por extraños signos, que recorren
paredes, suelo y techo y hacen que los corazones se encojan; sin duda, se trata
de algún tipo de magia negra, de propósito desconocido pero seguramente letal.
No tardan en descubrir lo que Mukunga había dejado esperando
para ellos en su fortaleza cuando el presuntamente difunto detective se
abalanza sobre uno de los policías y le desgarra el cuello a mordiscos,
mientras el detective, sus compañeros y los Jackson-Walker’s contemplan el
espectáculo con el estómago en la garganta. Finalmente consiguen reponerse,
excepto el joven Alfred O’Sullivan que huye de la habitación, espantado,
escaleras abajo, y tras varias salvas de sus armas reglamentarias los policías
consiguen abatir al caníbal rabioso en que se había convertido el detective.
Con una nueva baja que añadir a la larga lista de hombres que han dado su vida
por la ciudad de Nueva York, los supervivientes registran el piso e interrogan
a los vecinos, pero no hay pistas ni indicios de a donde ha podido ir Mukunga
por ningún lado.
Nadie lo quiere decir en voz alta, pero la desaparición de
Mukunga pone toda la investigación en peligro. Con el principal sospechoso y
líder de la secta en paradero desconocido, no hay un objetivo claro, ni para la
investigación privada ni para la policía, y han perdido la iniciativa. Poole y
los suyos se retiran a lamerse las heridas y a rellenar la sempiterna
burocracia, mientras que el grupo de civiles, por su parte, regresa a la
mansión de Matthew con las manos vacías y un nuevo peso sobre su conciencia. Lo
que se encuentran en la mansión no es nada halagüeño, y una vez más parece que
el destino se pone en su contra y ni la divina providencia parece auxiliarles
en su causa; Steven Connor, al que habían dejado atrás para evitarle nuevas
experiencias que lo arrastraran aún más a la perdición, ha desarrollado una
nueva personalidad, un agresivo hombre de acción que piensa únicamente en su
supervivencia, y que noquea a uno de sus guardianes antes de ser reducido.
Con Steven Connor recluido en una habitación y sin un camino
a seguir, el detective Rivers, el Doctor Fowley, la Doctora Zimmerman
y el joven Alfred se reúnen hasta la noche en la mansión, junto al mayordomo
Rupert, que se ha hecho hueco en el grupo y comienza a tomar conocimiento de
los atroces descubrimientos, tratando de elaborar un nuevo plan que les permita
desenmascarar a Mukunga y llevarlo ante la justicia, a sabiendas de que el 20
de febrero deben partir hacia Londres a bordo del Mauritania. Para cuando se
hace de noche en el exterior, sin embargo, ninguno de los compañeros tiene una
idea clara de los posibles pasos a dar, por lo que deciden esperar al encuentro
con Erica Carlyle, al día siguiente, y mientras pasar la noche juntos, para que
Mukunga y los suyos no puedan cazarles uno a uno. La Mansión del enloquecido
Matthew Jackson-Walker se convierte así en un faro de esperanza en medio de la
noche, un adecuado homenaje a su desgraciado amigo, y en una fortaleza que no
tarda en verse sometida a las más terribles pruebas.
Efectivamente, los peores temores de nuestros héroes no
tardan en hacerse realidad, y el asedio no tarda en comenzar, en cuanto la
noche es lo suficientemente oscura como para ocultar a los atacantes de miradas
indiscretas. Figuras encapuchadas pululan por el jardín, buscando una vía de
entrada, mientras la
Doctora Zimmerman, el Doctor Fowley, el detective Rivers y
Rupert, que se ha hecho con la escopeta de caza de Matthew y parece decidido a
convertirla en instrumento de su venganza, disparan al bulto, tratando de
atisbar algo en la negrura. Con la noche iluminada únicamente por la luz del
gran salón y los fogonazos de las descargas de armas de fuego, los intrépidos
Jackson-Walker’s se disponen a vender cara su piel.
Pero por cada figura que derriban, dos más ocupan su lugar,
y no tardan en tirar abajo la puerta de la mansión y derribar al guardaespaldas
del Doctor Fowley, hiriendo a Rivers y Rupert, mientras el joven Alfred, único
miembro del grupo que parece no haber disparado un arma en su vida, se apresura
a la segunda planta para proteger los objetos hallados en la Casa del Juju, temiéndose lo
peor. La intuición no le falla, y nada más llegar a la antigua habitación de
Matthew, oye un ruido de cristales rotos que le pone los pelos de punta; a toda
prisa, y con la voluminosa caja en las manos, avisa al guardaespaldas restante,
encargado de la custodia del enloquecido Connor, y éste se dirige, valiente, a
dar una calurosa bienvenida, a base de plomo, a los cultistas que intenten
tomar el camino más corto hasta la máscara y el resto de atavíos. Alfred, con
la caja a cuestas y el flash de la cámara de Rivers como único arma, se
encuentra a solas con “Bull” Connor, o más bien con la segunda de sus
personalidades, el superviviente nato, mientras se suceden los disparos y los
gritos, en la primera planta, en la segunda, en el jardín, por todos lados. Sin
nadie para vigilarle más que el enclenque estudiante, la enfervorecida
cacofonía parece hacer enloquecer aún más al loco Connor, que decide huir por
el camino más corto y que implica menos riesgos: la gran sala del segundo piso.
Pero sus planes se ven trastocados cuando un nuevo enemigo
se une al asedio. Con un chillido espeluznante, una criatura alada, con cuerpo
de serpiente y ánimo malicioso, estampa su cuerpo contra la pared de la mansión
y atraviesa los ventanales del segundo piso, atrapando al guardaespaldas, que
se creía a salvo tras rechazar a los cultistas. Con un crujido estremecedor,
las mandíbulas se cierran y Connor ve como el cuerpo del hombre cae partido por
la mitad, mientras su líquido vital gotea de las mandíbulas entreabiertas de la
demoniaca figura. Una vez más, su psique se ve fragmentada en mil pedazos, y la
locura se adueña de su cuerpo febril, que huye hacia su habitación.
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El horror alado sobrevuela la casa |
Sin enemigos a la vista, la criatura comienza un nuevo
asalto, esta vez al piso inferior, donde Rupert, el Doctor Fowley, Rivers y la Doctora Zimmerman
han dado buena cuenta de los cultistas, aunque no sin sufrir graves heridas. Conscientes
del peligro que les acecha, y de que el centro de todos los males que acosan la
imponente mansión es el temido Mukunga, los Jackson-Walker’s deciden separarse
y dar caza al sacerdote, mientras un pequeño grupo mantiene a la criatura a
raya. Así, Alfred O’Sullivan y la Doctora Zimmerman salen de la casa con los
objetos rituales, seguidos a una prudente distancia por Rivers, mientras Rupert
y el Doctor Fowley consiguen evitar los embites de la criatura e incluso
dañarla, gracias a la potencia de la escopeta de Matthew, diseñada para matar
elefantes y que parece ser el único arma capaz de hacer algo más que cosquillas
a la enorme sierpe alada.
Una vez más, la intuición de los heroicos amigos es
acertada, y apenas cruzan la gran puerta enrejada que da acceso a la mansión de
Matthew Jackson-Walker desde la calle se ven frente a frente con una terrible
figura, de la que emana un peligro y una oscuridad que les hace pararse en
seco. El sacerdote por fin ha salido de su escondrijo, y con intenciones perversas
señala con una larga hoja la caja que porta el joven Alfred, dejando claro su
deseo y las consecuencias de no cumplirlo. Pero no cuenta con la astucia de la
pareja de estudiosos, y mientras O’Sullivan deposita la caja a medio camino,
obligando a Mukunga a acercarse a un lugar más iluminado, la Doctora abre fuego contra
él. Desconcertado, el hechicero no reacciona a tiempo, y pronto el detective
Rivers se une a la lluvia de fuego que cae sobre él.
En un futil intento por salvar la vida, Mukunga hace uso de
sus oscuros poderes y atrapa a Rivers en un trance demoniaco, que merma sus
fuerzas y aprieta su pecho como si una mano cogiera con fuerza su corazón y
tratara de arrancarlo de su lugar. Al mismo tiempo, la criatura alada que tenía
a Fowley y Rupert contra las cuerdas siente el peligro que acecha a su amo y
señor, y abandona la caza para abalanzarse sobre el trío de aventureros que se
enfrentan al negro sacerdote. Afortunadamente para Rivers, que se ve
inmovilizado por la magia del nigromante mientras la criatura le atrapa con un
mordisco letal, el Doctor Fowley y Rupert han seguido el funesto vuelo de la
sierpe y llegan a tiempo de despacharla con el último disparo de la escopeta.
Con el grito de agonía del demonio alado, mueren también las esperanzas de
Mukunga y se da cumplida venganza a Matthew Jackson-Walker, quien aunque
inconsciente y atrapado en una habitación acolchada, ha guiado con mano firme
los disparos de Rupert, al menos en espíritu.
Derrotado, y con las sirenas de la policía anunciando su
inminente cautiverio, Mukunga trata de huir, pero el Doctor Fowley le derriba
con un acertado disparo, antes de que también su arma anuncie que ha disparado
la última bala de la noche. La policía llega al lugar de los hechos, pues, a
tiempo para ver morir a la negra amenaza que había puesto en entredicho su
habitual eficacia, y para contemplar como su banda de mezquinos mestizos ha
quedado destruida para siempre por los valientes actos de un pequeño grupo de
irreductibles héroes ciudadanos.
Satisfechos, los victoriosos Jackson-Walker’s contemplan los
destrozos ocasionados, símbolo de la derrota del oscuro mal que les había
perseguido durante semanas, con una mezcla de alivio y expectación. Ahora saben
que sea lo que sea que se encuentre tras los asesinatos rituales y los extraños
hechizos, puede ser derrotado por meros mortales, si las fuerzas y la voluntad
no flaquean. Pero también saben que los enemigos que tienen enfrente, por ahora
envueltos en sombras y misterios, cuentan con armas y aliados que van más allá
de la comprensión humana; derrotarles no será fácil, y será necesario algo más
que armas de fuego y devoción cristiana.
Conscientes de que los documentos del desaparecido Roger
Carlyle pueden arrojar luz sobre la naturaleza de la amenaza a la que se
enfrentan, la entrevista con la señorita Erica Carlyle cobra renovada
importancia. Con la mente puesta en el encuentro y en todo lo sucedido, los
intrépidos aventureros por fin pueden descansar tranquilos, a sabiendas de que
por una noche, no hay enemigos que puedan hacerles daño.
Viernes 30 de enero
Un nuevo día comienza en la ciudad de Nueva York, donde la
mayor parte de los ciudadanos despiertan ajenos al pequeño grupo de hombres y
mujeres que les han salvado de un destino peor que la muerte. Éstos, a su vez,
disfrutan por primera vez en lo que parece una eternidad de un amanecer
tranquilo, y de un sabroso desayuno en el hotel en el que finalmente han pasado
la noche. Se sienten invulnerables, y el optimismo preside la mesa.
En cuanto terminan, ávidos, con la comida, deciden ponerse
en marcha. La señorita Erica Carlyle les espera, y de esa reunión dependen
buena parte de sus futuras aventuras. Tras las presentaciones de rigor, puesto
que en la anterior visita tan solo Matthew se había reunido con la rica
heredera, Alfred y la
Doctora Zimmerman pusieron a la joven al corriente de lo
sucedido, hasta el ataque sufrido la noche anterior. Al escuchar el triste
destino de Matthew, la encantadora Erica pareció enternecerse, y conminó a los
compañeros a hacerle llegar todas las noticias sobre el joven filántropo,
buenas o malas. Sin duda, había esperado con interés la futura cena con el hijo
del conocido Doctor Jackson-Walker, y la esperanza es una fuerza poderosa.
Cuando la conversación retornó a los derroteros conocidos,
la desaparición de su hermano Roger y las notas que Jackson Elías había
desenterrado, desapareció todo signo de confianza y compasión del rostro de
Erica, sin embargo. El recuerdo todavía dolía demasiado, y no fue sino hasta
que Alfred rogó y prometió venganza, noticias y un digno final a la desdichada
historia de su hermano que la joven admitió tener en su poder varios de los
tomos consultados por su hermano, y los ofreció al grupo. Así y todo, la
familia Carlyle no se había hecho rica regalando sus tesoros, y los
investigadores tuvieron que pagarle dos mil dólares procedentes del patrimonio
del malogrado Mathew para que Erica Carlyle llevara al grupo hasta la
biblioteca de la familia. Una vez allí sacó los terribles libros que había
heredado de su hermano de la caja fuerte en que permanecían guardados,
esperando a los incautos que se atrevieran a profundizar en los negros
misterios abisales que contenían.
Con el nuevo cargamento bajo el brazo, un hatillo de libros
antiguos y de contenido sin lugar a dudas tenebroso, a los Jackson-Walker’s no
les quedaba sino esperar, ansiosos, la partida del Mauritania, que los llevaría
más allá del Atlántico hacia misterios y peligros que jamás hubieran podido prever.
Pero eso, amigos, es otra historia, y será contada en otro
momento. Con la ciudad de Nueva York a salvo, la primera etapa en la gloriosa
historia de los Magníficos Jackson-Walker’s llega a su fin.